La importancia de la
autoestima estriba en que concierne a nuestro ser, a nuestra manera
de ser y al sentido de nuestra valía personal. Por lo tanto, puede
afectar a nuestra manera de estar, de actuar en el mundo y de
relacionarnos con los demás. Nada en nuestra manera de pensar, de
sentir, de decidir y de actuar escapa a la influencia de la
autoestima.1
Abraham Maslow, en
su jerarquía de las necesidades humanas, describe la necesidad de
aprecio, que se divide en dos aspectos, el aprecio que se tiene uno
mismo (amor propio, confianza, pericia, suficiencia, etc.), y el
respeto y estimación que se recibe de otras personas
(reconocimiento, aceptación, etc.). La expresión de aprecio más
sana según Maslow es la que se manifiesta «en el respeto que le
merecemos a otros, más que el renombre, la celebridad y la
adulación».2
Carl Rogers, máximo
exponente de la psicología humanista, expuso que la raíz de los
problemas de muchas personas es que se desprecian y se consideran
seres sin valor e indignos de ser amados; de ahí la importancia que
le concedía a la aceptación incondicional del cliente.1 En efecto,
el concepto de autoestima se aborda desde entonces en la escuela
humanista como un derecho inalienable de toda persona, sintetizado en
el siguiente «axioma»:
